EL CAFÉ DE LAS VOCES EN NOVIEMBRE EN MADRID – UN RELATO

El Café de las Voces, un café para sentir.

Por Carlos Feral

 

Hay veces que no se pueden acallar las voces de los silenciados. Lo invisible se hace siempre visible si alguien se empeña con mucha fuerza en hacernos ver a los que miramos a menudo para otro lado. Paz, Paula, Cristina y Raúl , de la Fundación Manantial, son altavoces de gritos silenciosos que quieren hacerse oír. Los responsables del proyecto Café de las Voces nos reúnen en el café Barbieri de Lavapiés, en Madrid, para una nueva sesión que se celebra dos miércoles al mes en este emblemático café del barrio de la solidaridad.

Con el libro del pianista James Rhodes, titulado Instrumental se enciende la mecha que hace explotar la tertulia de este caluroso miércoles otoñal y en la que nos reunimos la gente más variopinta: músicos, escritores, pintores, psicólogos, periodistas, vecinos del barrio, camareros y, por supuesto, ellos. Los más importantes, los que tienen algo que decirnos y los que tienen mucho que escucharnos porque para eso se hace este café, para escuchar a los demás y aprender, y despertar, y emocionarse y reflexionar.

Quiero comenzar mi artículo presentándoles a Rhodes y su libro aunque sea a modo de introducción de todo lo demás para que entiendan la filosofía del proyecto de dar voz a los que quieren ser oídos y no pueden. Muchos de ustedes habrán visto últimamente en la televisión entrevistas con el famoso músico o habrán leído reportajes en revistas y periódicos de tirada nacional que les habrán conmovido o, al menos impactado, debido a las especiales circunstancias que han confluido para que este genio del piano haya llegado a donde está ahora. Muchos se habrán acercado a él por su incontestable valía musical pero me reconocerán que a la gran mayoría lo que les ha dado una bofetada en la conciencia es que Rhodes reconoce que la música le salvó literalmente la vida ya que a la tierna edad de cinco o seis años fue violado repetidamente por un profesor de educación física durante cinco años más en una escuela de Reino Unido. Lo grave del caso no es ni siquiera el acto deplorable y asqueroso de un depravado en el que los padres y los niños depositaron la confianza para que hiciera con sus alumnos justamente lo contrario, ayudarles a crecer y a ser felices, a confiar en el mundo y en sus semejantes, lo peor es que nadie quiso mirar, nadie quiso escuchar. ¿Dónde miraba el entorno de este niño atormentado? Todo le fue robado desde muy pequeño a James Rhodes. Las secuelas fueron terribles. Desde las físicas en forma de traumatismos de pelvis y columna de los cuales debió ser operado hasta las psicológicas, más terribles aún, que le hicieron caer incluso en el abuso de las drogas y en una pérdida total de la fe en el ser humano.

Hay gente que jamás supera esa huida al vacío y acaba con graves trastornos mentales e incluso quitándose la vida por no poder soportarla más. A los niños raramente se les escucha. Muchos se dirán que sí, que ellos escuchan a sus hijos, a sus alumnos, a sus sobrinos. Créanme que escuchar a un niño no es fácil. Hay que hacerlo con atención y en innumerables casos leer entre líneas, interpretar los mensajes que nos lanza desde su mundo único e irrepetible. A Rhodes nadie le escuchaba cuando decía que no quería ir a clase. Nadie le preguntó el por qué de verdad. Nadie le miró al fondo de los ojos del corazón para que éste sacara afuera su angustia. Lean este párrafo del libro: La primera amiga de la familia a la que le conté lo de los abusos me conocía de toda la vida. Yo tenía treinta años cuando se lo dije, y, literalmente, lo primero que soltó fue: “Bueno, James, eras un niño preciosísimo.” Más pruebas de que esto lo causé yo. Eran mis coqueteos, mi belleza, mi dependencia, mi libertinaje, mi maldad, lo que les obligaba a hacerme esas cosas. La auto culpa, El miedo al rechazo, creer firmemente que la víctima es el culpable nunca debería pasar. Vivimos en una sociedad enferma de autocomplacencia en la que lo feo se aparta. Estamos hartos de que la televisión, el cine, las redes sociales nos ofrezcan modelos falsos de felicidad, de belleza, de triunfo social. La masa nos hace envidiar lo que no tenemos y nos hace sentir asimismo culpables por lo que no podemos lograr. Si al menos pudiéramos hacer de lo feo, de lo desagradable, un estigma al menos le prestaríamos atención pero hacemos algo mucho más cruel, lo apartamos de nuestra vista y le quitamos la voz. El café de las Voces se rebela contra eso y quiere dar voz a personas con problemas  psicológicos y prestar oídos a los que miramos por otro lado.

La Just Tonight Band nos regaló unos clásicos del jazz como: Song for my father, Summer time, Autumn Leaves, Take five o Equinox. Entre tema y tema pacientes y público debatimos, compartimos testimonios, sacamos alguna que otra lágrima, muchas sonrisas, algunos abrazos y muchas ganas de volvernos a ver.

La idea de poner música al encuentro fue genial ya que, al igual que Rhodes introduce cada capítulo del libro con un tema significativo asociado a un momento de su vida o a un estado de ánimo, nuestros jazzeros despertaron el corazón de los asistentes a unos puntos del debate o aportaron calma en otros.

A Rhodes le ayudó la música, a otros nos ayudan otras cosas. Cada uno tiene su vía por la que circular en el universo y nadie sabe a ciencia cierta a qué estación le llevará pero lo importante es abrir vías que circulen a distintos puntos y que cada uno se ponga en marcha a su ritmo, porque lo importante no es el destino, es el camino. Me gusta la iniciativa del Café de las Voces porque no construye estaciones sino que pone raíles y anima a que muchos saquen el tren de su estación y se atrevan a hacer sonar el silbato al cruzarse con otro tren. La música quita el estrés, crea mundos interiores, nos hace bailar, expresarnos, nos enamora, nos hace reír o llorar. Muchas veces sobran las palabras y en vez de letras juntamos notas para expresar lo más hondo de nuestro ser. La música es terapia, espanta fobias, llega incluso a salvar la vida. Nos cuenta una paciente cómo la música le ha ayudado en su terapia y la aplaudimos a rabiar. Ella llora y se emociona porque no es que alguien le haya dado voz, es que alguien le ha prestado oídos que la escuchen. Otro más reconoce que lleva los cascos puestos casi todo el día, en el metro, por la calle, que le crea un universo bello y personal que le hace sentirse mejor, conectar con el mundo.

¿Dónde estamos mirando? Esa es la gran pregunta. Es una cuestión que aparece en el libro. ¿Vamos a seguir mirando para otra parte si algo nos parece diferente? ¿Si el que tengo enfrente no es como yo le rechazo y miro a otro lado? ¿Por qué tengo miedo al diferente? La violación, el abuso, el bulling, la permisividad de ciertas conductas machistas, la sociedad del consumo desmedido, del tanto tienes tanto vales, de las prisas, del porque yo lo digo y porque yo lo valgo tiene que pararse un momento a mirar, a fijar la mirada. Hay más gente de la que creemos que quiere alzar la voz un poquito que quiere que la sintamos, que la acerquemos al corazón. Decía un amigo del escritor, actor y guionista Albert Espinosa que los días tenían que tener veintiuna horas. Las tres que sobren de cada jornada servirían para crear un octavo día de la semana. Ese día no sería de vacaciones ni de trabajo. Sólo se dedicaría a sentir. Gracias a la iniciativa del Café de las Voces porque, al menos durante dos horas al mes, nos distrae de lo menos importante para hacernos SENTIR.

 

Carlos Feral, noviembre 2016.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s