Diferentes, raros, Juan José Millás en el Café de las Voces

lamujerloca

El pasado 30 de noviembre, Juan José Millás nos acompañó en el café de las Voces. El Barbieri, que ya tenía un aspecto navideño, se llenó de vecinos del barrio, curiosos, fans, y personas  relacionadas con el ámbito de la salud mental. Hablamos de literatura, cine y de cómo la diversidad enriquece. Comentamos la paradoja del “diferente”, del” raro”, quien expulsado a los márgenes por la sociedad ante la incomprensión que suscita, es reabsorbido y venerado por ella cuando desarrolla algo genuino que nutre a los que se consideran “normales”. El café funcionaba a golpe de preguntas y Millás relacionaba con soltura literatura y vida.

Como en una de sus novelas, la voz de un hombre empezó a doblar algunas de las palabras que Juanjo pronunciaba. Palabras inofensivas, que pronunciadas con brusquedad, se transformaron en pedradas. Formuló una pregunta literaria  a Millás y después otra sobre la guerra de Irak y una entrevista que realizó hace años a Felipe González. El escritor, consciente de que algo extraño sucedía,  las respondió generosamente. Pero no fue suficiente y el hombre empezó a ofuscarse, enfadado porque no se le contestaba como él esperaba.

A menudo  en la psicosis, algunas preguntas no tienen respuesta y ese agujero sin contestar, que no siempre logran urdir las palabras, duele, quema. Yo le tenía al lado y cuando le vi acercarse cada vez más agresivo con su lenguaje corporal, sentí miedo y me acordé de John Lennon y de cómo en un segundo puede acabarse todo. A veces los locos también asustan, aunque no esté bien visto decirlo en mi profesión. Empezó a delirar frente a Millás, como si se lo dedicara,  hasta que el público, sin saber muy bien lo que estaba ocurriendo, le invitó educadamente a que cediera la palabra a otras personas para seguir con el coloquio. Se marchó refunfuñando,  sin sentirse escuchado, diciendo que aquello que sucedía era el reflejo de lo que era España.

Se hizo un silencio de apenas un segundo, la inmensidad del bar se lo tragó y le olvidamos para siempre. Sentí una mezcla de alivio y tristeza y seguí con mi vida, como si no pasara nada. Sin embargo, deseé no encontrarme nunca con una de esas preguntas sin respuesta (un abuso, una madre que pierde a un hijo inesperadamente, tantas otras…), porque seguramente yo, también me volvería loca.

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